Cómo alimentar a los bebés
Lo que le damos de comer a un bebé marca su salud para toda la vida: su cerebro, su sistema inmune, su peso de adulto y hasta su inteligencia. Y, como con casi todo en este libro, mucho de lo que nos venden como “normal” es en realidad un negocio que enferma. Este capítulo se basa en el trabajo de A Midwestern Doctor.
La leche materna no tiene sustituto
Dele pecho a su bebé, y por el mayor tiempo posible. Lo ideal es solo pecho durante los primeros seis meses, y luego seguir dándole pecho junto con comida, uno, dos, tres años o más. La leche materna no es solo alimento: es una sustancia viva. Un bebé amamantado un año gana unos 3 puntos de coeficiente intelectual, y sube más por cada mes extra.
La leche materna trae grasa y colesterol para el cerebro y los ojos; enzimas para digerir esa grasa; anticuerpos y proteínas que matan microbios (como la lactoferrina y la lisozima); factores que enseñan y equilibran al sistema inmune; azúcares especiales que alimentan a las bacterias buenas del intestino; y hasta hormonas y sustancias que regulan el hambre y el apego con la madre. Nada de esto lo tiene un tarro de fórmula.
Los beneficios están medidos: los bebés amamantados tienen la mitad de muerte de cuna, la mitad de asma, menos infecciones de oído y pulmón, menos cáncer infantil (sobre todo leucemia), menos autismo y menos diabetes de adultos. Y también protege a la madre: baja su riesgo de cáncer de mama, de ovario y de útero, y ayuda con la depresión posparto.
Lo que come la madre pasa a la leche
La calidad de la leche depende de lo que come la madre. En los últimos cincuenta años, por culpa de los aceites de semilla, el ácido linoleico de la leche materna casi se triplicó, mientras que las vitaminas A, D y K2 (de la grasa animal) bajaron mucho. Una madre que amamanta debe comer grasa animal buena, y evitar los aceites de semilla, la comida chatarra y los procesados. El yodo es clave: la leche concentra hasta 20 o 50 veces el yodo de la sangre de la madre, y sin yodo el bebé no desarrolla bien la tiroides ni el cerebro. Ojo también: a la leche pasa casi todo, desde el chocolate y el gluten hasta los anticuerpos y el ARN de las vacunas.
El estrés de la madre corta la producción de leche. Por eso la calma, el descanso y el apoyo de la familia son parte de amamantar bien. Muchas “no puedo dar pecho” son en realidad falta de apoyo, no un problema del cuerpo. Un consultor de lactancia o un grupo como La Leche League pueden salvar la lactancia.
El engaño de la fórmula
La fórmula para bebés es uno de los grandes negocios disfrazados de salud. Empezó en los años 20 pagándoles a los médicos, y llegó a su peor momento con Nestlé, que en países pobres regalaba muestras, mandaba vendedoras vestidas de enfermeras y convencía a las madres de que no tenían suficiente leche; muchos bebés murieron por fórmula aguada con agua sucia. Hoy la industria vende unos 55 mil millones de dólares al año asustando a los padres con que el llanto o el mal sueño “se arreglan” con su producto.
Hasta las tablas de peso son trampa: durante años usaron el peso de bebés alimentados con fórmula (que engordan de más) como si fuera lo normal, y así al bebé de pecho, más delgado y sano, lo declaran “bajo de peso” y empujan a la madre a la fórmula.
Y los ingredientes son malos: la mayoría de las fórmulas llevan jarabe de maíz (azúcar) que engorda, y montones de aceite de semilla. Por una ley de 1980 que nunca se ha actualizado, la fórmula está obligada a llevar ácido linoleico, y termina teniendo mucho más del que debería, justo lo que estorba el desarrollo del cerebro (bloquea el DHA). Además suele traer aluminio y hasta metales pesados como el plomo y el arsénico, y le falta el colesterol y el DHA que el cerebro necesita. La fórmula de soya es de las peores, por sus estrógenos vegetales y su efecto en la tiroides.
Si no puede dar pecho
Si de verdad no puede amamantar, la mejor opción no es la fórmula del supermercado, sino la leche cruda (sin pasteurizar) de vacas de pasto, o preparar una fórmula casera a base de esa leche o de carne, como se hacía antes. La leche cruda conserva sus enzimas y no da las alergias que da la pasteurizada; los niños criados con leche cruda tienen menos alergias, sarpullidos, asma y problemas respiratorios. La leche de cabra se digiere fácil, pero estriñe y le falta ácido fólico y vitamina B12, así que hay que complementarla. Nunca use “leches” vegetales: no tienen la grasa ni los nutrientes animales que el bebé necesita.
Los primeros días y otros consejos
Apenas nazca, póngalo piel con piel con la madre y déjelo mamar en la primera media hora: ese primer calostro es un tesoro y, además, ayuda a la madre a expulsar la placenta y a no sangrar. Evite los chupones y biberones los primeros días, para que el bebé aprenda a agarrar bien el pecho. Escoja un hospital “amigo del bebé”, y evite en lo posible los partos muy intervenidos, que dificultan la lactancia.
Nunca caliente la leche (materna o de fórmula) en el microondas: destruye lo bueno que tiene. Si el bebé llora mucho (“cólicos”), suele ser por algo que come la madre o por falta de buenas bacterias: un probiótico para bebés (sobre todo el Lactobacillus reuteri) ayuda mucho. Pero cuidado: un llanto agudo y penetrante que empieza justo después de una vacuna no es un cólico, es una señal de alarma (vea el capítulo sobre las vacunas).
Para saber más (fuentes en inglés)
Este capítulo se basa en el artículo (en inglés) de A Midwestern Doctor, que cita muchos estudios científicos.
¿Por qué es tan poco saludable lo que les damos de comer a los bebés?: https://www.midwesterndoctor.com/p/why-is-what-we-feed-infants-so-unhealthy