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Sabiduría antigua / Consejos sabios

Durante casi toda la historia, el ser humano no conoció el cáncer, la diabetes ni los infartos como los conocemos hoy. Nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos, comían distinto, se movían distinto y vivían distinto. No tenían un médico en cada esquina ni farmacias llenas de pastillas, y aun así muchos llegaban a viejos fuertes, con casi todos sus dientes y la cabeza clara. Algo sabían que nosotros olvidamos.

Este capítulo no trata de tecnología nueva, sino de lo contrario: de rescatar lo que funcionó durante miles de años. La buena noticia es que esa sabiduría no está perdida. Todavía hay lugares en el mundo donde la gente vive así, y todavía hay quien se tomó el trabajo de estudiar a fondo cómo comían los pueblos sanos antes de que llegara la comida moderna. Aquí le cuento lo más importante.

Las zonas azules: donde la gente llega sana a los cien

Hay cinco lugares en el mundo donde la gente vive mucho más y, sobre todo, mucho mejor: llegan a los noventa y a los cien años caminando, lúcidos y sin las enfermedades que a nosotros nos tumban a los sesenta. Se les llama las zonas azules. Son la isla de Okinawa en Japón, la región de Cerdeña en Italia, la isla de Icaria en Grecia, la península de Nicoya en Costa Rica, y la comunidad de Loma Linda en California. Una serie de Netflix se las mostró al mundo hace poco. Y Vilcabamba, Ecuador donde yo vivi por dos decadas; donde mi vecina llego a los 106 años de edad.

Lo interesante es que están muy lejos unas de otras, comen cosas distintas y hablan idiomas distintos, pero comparten las mismas costumbres. Comen comida real, casi toda de la tierra: verduras, frijoles y poca cosa, pero nada de fábrica. Se mueven todo el día de forma natural: caminan, trabajan la tierra, suben cuestas; no van al gimnasio, viven moviéndose. No comen hasta reventar: en Okinawa dicen “hara hachi bu”, que es comer hasta quedar más o menos ocho de diez partes lleno, y ahí paran. Tienen un motivo claro para levantarse cada mañana: los okinawenses lo llaman “ikigai” y los de Nicoya, su “plan de vida”. Y viven acompañados, con la familia y los amigos cerca, tomándose la vida con calma, sin el estrés que a nosotros nos corroe por dentro.

El dentista que retrató a los pueblos más sanos del mundo

En los años treinta, un dentista de Estados Unidos llamado Weston Price se hizo una pregunta sencilla: ¿por qué sus pacientes tenían tantas caries y los dientes tan torcidos, si los animales salvajes no? Para responderla dejó su consultorio y viajó por el mundo buscando a los pueblos que todavía comían como sus antepasados, sin haber tocado la comida moderna.

Los encontró en los valles altos de Suiza, en las islas de Escocia, entre los esquimales de Alaska, en tribus de África, entre los aborígenes de Australia, en las islas del Pacífico y entre pueblos de Sudamérica. Y en todos vio lo mismo: dientes casi sin una sola caries, caras anchas con lugar para todos los dientes, cuerpos fuertes y gente sana, sin tuberculosis ni las enfermedades que ya empezaban a llenar las ciudades. Todo eso sin un solo dentista y sin un solo médico.

Lo más revelador vino después. Cuando esos mismos pueblos empezaron a comer los “alimentos del comercio moderno” —harina blanca, azúcar, latas y productos de fábrica—, en una sola generación aparecieron las caries, las caras se angostaron, los dientes salieron chuecos y llegaron las enfermedades. La comida cambió, y con ella el cuerpo.

¿Qué comían los pueblos sanos? Cada uno lo suyo, pero con algo en común: comida animal de verdad, rica en grasa —mantequilla, vísceras, huevos, pescados y mariscos—, alimentos fermentados, y nada refinado; ni azúcar ni harina blanca. Price midió que esas dietas tenían mucha más cantidad de las vitaminas que van en la grasa (la A, la D y la K2), justo las que hoy le faltan a casi todo el mundo. Lo dejó escrito en su libro “Nutrition and Physical Degeneration”, que todavía se puede leer.

Comer como comían nuestros abuelos

De todo esto sale un consejo muy práctico: si su bisabuela no lo reconocería como comida, probablemente no lo sea. Vuelva a lo que se comía antes de que existieran las fábricas de comida.

En concreto: coma alimentos fermentados, que fueron la manera de siempre de conservar y de cuidar la tripa —chucrut, kimchi, encurtidos de verdad, yogur natural, kéfir—. Aproveche el caldo de huesos, que nuestras abuelas hacían con lo que sobraba y que alimenta las articulaciones y la piel. No le tenga miedo a las vísceras, sobre todo al hígado, que es el alimento más nutritivo que existe. Use grasas de verdad para cocinar —mantequilla, manteca, sebo, aceite de oliva o de coco— y no los aceites de semillas de fábrica como los de soya, maiz y demas. Y si come cereales, que sean enteros y bien preparados, como se hizo siempre: el maíz nixtamalizado, el pan de masa madre, los granos remojados. Nada de eso es moda nueva; es lo que se comió durante siglos.Y que sean organicos, nada de eso geneticamente modificado.

Ayunar: un descanso tan viejo como el ser humano

Durante casi toda la historia no hubo comida a toda hora. Se comía cuando había, y a veces tocaba pasar horas o días sin comer. Por eso el cuerpo está hecho para eso, y hasta lo agradece. Todas las tradiciones antiguas lo sabían: casi todas las religiones tienen sus ayunos —la Cuaresma, el Ramadán, los ayunos de las iglesias de oriente—, y no era casualidad.

Cuando uno deja de comer un rato, el aparato digestivo descansa y el cuerpo aprovecha para limpiarse por dentro y reparar lo dañado. Lo que hacemos hoy es lo contrario: comer desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos, y hasta de madrugada. Eso es nuevo, y enferma. No hace falta nada extremo: basta con dejar de comer temprano en la noche y no volver a comer hasta bien entrada la mañana, para que el cuerpo tenga varias horas de descanso. Contra mas horas sin comer mejor. De vez en cuando, un ayuno más largo de varios dias le hace bien a casi todos.

Moverse, dormir con el sol y no estar solo

La sabiduría antigua no era solo comida. Nuestros abuelos se movían sin proponérselo, porque la vida misma los hacía moverse: caminar, cargar, sembrar, subir y bajar. No necesitaban gimnasio. Usted tampoco: muévase a lo largo del día, camine, use menos el carro y el elevador.

Dormían con el sol. Antes de la luz eléctrica, la gente se acostaba cuando oscurecía y se levantaba con el amanecer, y por eso dormían de verdad. Como vimos en el capítulo anterior, la luz artificial de la noche desordena el cuerpo; regrese en lo posible al ritmo del sol.

Y no estaban solos. Vivían rodeados de familia y de vecinos, con un lugar en su comunidad y una fe que los sostenía. Hoy sabemos que la soledad enferma tanto como fumar. Cuidar a los suyos, tener con quién hablar, dar gracias y tomarse la vida con calma no son adornos: son medicina, y de la más poderosa.

En resumen

La salud de nuestros antepasados no era un misterio ni una suerte: era la consecuencia natural de cómo vivían. Coma comida real, como la de las zonas azules y como la que retrató Price: animal y con grasa de verdad, fermentada, sin nada refinado ni de fábrica. No coma hasta reventar y deje descansar al cuerpo con algún ayuno. Muévase todo el día, duerma con el sol, y cuide sus lazos con la gente y con Dios. Nada de esto se vende en una farmacia, por eso casi nadie se lo recuerda; pero es lo que mantuvo sanos a los seres humanos durante miles de años, y sigue estando a su alcance hoy.

Para saber más (fuentes en inglés)

Dan Buettner, sus libros sobre las zonas azules (“The Blue Zones”) y la serie de Netflix “Live to 100: Secrets of the Blue Zones”.

Weston A. Price, “Nutrition and Physical Degeneration” (1939). La fundación que lleva su nombre reúne mucho material sobre las dietas tradicionales: westonaprice.org.

Draft — not for distribution. Unapproved working manuscript. Health/medical statements are the author's own views, presented for discussion, not as established fact or medical advice. Network home: ggtrust.com.