Las nuevas tecnologías en investigación y desarrollo
En el capítulo de la inteligencia artificial vimos herramientas que usted puede usar hoy mismo, y en el del futuro de la salud, los dos caminos que se abren delante de nosotros. Este capítulo trata de lo que está en medio: lo que en este momento se está cocinando en los laboratorios. Casi todo lo que verá aquí todavía no lo puede comprar ni pedirle a su médico, pero va a tocar a su puerta en los próximos años. Hay una excepción importante, y es justamente la más prometedora de todas: el trasplante de mitocondrias ya salió del laboratorio y existe hoy, aunque caro y en pocas manos. Conviene que usted sepa de qué se trata todo esto antes de que se lo vendan.
Cómo nace una tecnología de salud
Toda tecnología médica recorre el mismo camino: primero una idea, después pruebas en células dentro de un frasco, luego en animales, y solo al final en personas, en los llamados estudios clínicos. Cada escalón tarda años y cuesta muchísimo dinero.
Y ahí está la clave que casi nadie le cuenta: el que pone el dinero decide qué se investiga. Por eso se estudia sobre todo lo que se puede patentar y vender caro, y se deja de lado lo que es barato, natural o de dominio público, aunque funcione. No es que esas cosas no sirvan; es que nadie recupera la inversión estudiándolas. Téngalo presente cada vez que le digan que algo “no tiene evidencia”: muchas veces lo que no hubo fue quien pagara el estudio.
Reparar en lugar de tapar
La medicina de hoy casi siempre tapa el síntoma: la pastilla para el dolor, la pastilla para la presión. La línea de investigación más prometedora va por el lado contrario: hacer que el cuerpo repare lo dañado. Además de las células madre, que ya mencionamos en el capítulo del futuro de la salud, en los laboratorios se trabaja con los exosomas —unos paquetitos que las células se mandan unas a otras con instrucciones adentro— y con los péptidos, que son pedacitos de proteína que funcionan como mensajes muy precisos.
La idea de fondo es hermosa por lo sencilla: en vez de meterle al cuerpo una sustancia extraña, darle la señal que él ya sabe obedecer.
El trasplante de mitocondrias: quizás lo más prometedor de todo
Las mitocondrias son las plantas de energía que cada célula lleva adentro: son las que producen la fuerza con la que el cuerpo hace absolutamente todo (en el capítulo de cómo funcionan sus células se explica con calma). Cuando las mitocondrias fallan o se van gastando, la célula se queda sin con qué trabajar, y de ahí sale buena parte de lo que llamamos cansancio, enfermedad crónica y vejez.
La idea del trasplante de mitocondrias es tan directa que sorprende que no se haya hecho antes: meterle a las células viejas o dañadas mitocondrias jóvenes y sanas. No se trata de corregir un gen ni de reemplazar un órgano, sino de devolverle al cuerpo la capacidad de generar energía que tenía cuando era joven. De todo lo que aparece en este capítulo, esto es quizás lo más prometedor de todo.
Y aquí viene la diferencia con el resto del capítulo: esto ya está disponible. Hay clínicas abriendo en distintas partes del mundo. El problema, por ahora, es el mismo que con las células madre: cuesta carísimo y todavía no se puede producir en grandes cantidades. Pero eso va a cambiar. Cuando el precio baje —y va a bajar—, será una pieza clave para vivir mucho más y mucho mejor; quizás la pieza que nos permita, por fin, no morirnos de viejos.
Sobre esto les voy a contar algo personal. Hace quince años fui director general de una empresa de investigación en células madre. Nuestra meta era clarísima: bajar el precio de un tratamiento a doscientos dólares, para ponerlo al alcance de cualquier persona. Nunca lo logramos. Y no fue por falta de ciencia, ni de dinero, ni de ganas: fue por la interferencia de las grandes farmacéuticas. Todo lo que este libro cuenta sobre cómo se entierran las curas baratas, yo lo viví por dentro.
Por eso hoy le sigo la pista de cerca a una empresa llamada Mitrix Bio (https://mitrix.bio). Es muy probable que sea la que consiga lo que nosotros no pudimos: entregar a un precio razonable lo que puede muy bien ser la cura del envejecimiento. Le recomiendo que la vaya mirando de vez en cuando.
Y mientras ese día llega, no se quede con los brazos cruzados: lo que usted puede hacer hoy por sus mitocondrias casi no cuesta nada. El sol, el ayuno, el movimiento, el frío, los minerales y la comida de verdad son, todos, cuidados directos a sus plantas de energía. Este libro está lleno de eso.
Limpiar las células que ya no sirven
Con los años, algunas células dejan de trabajar pero tampoco se mueren: se quedan ahí, estorbando e inflamando todo a su alrededor. Se les llama células senescentes, o más gráficamente “células zombi”. Una línea muy activa de investigación busca sustancias capaces de eliminarlas sin tocar a las sanas; se les dice senolíticos, y varias de las candidatas son compuestos que vienen de las plantas.
Todavía falta averiguar cuáles sirven de verdad, en qué cantidad y cada cuánto. Pero fíjese que la idea de fondo —sacar lo viejo y estorboso para que lo sano trabaje mejor— es exactamente la misma que la de una buena desintoxicación, de la que este libro habla en varios capítulos. Lo nuevo aquí es el nombre y la precisión, no el principio.
Volver atrás el reloj de la célula
Un científico japonés, Shinya Yamanaka, descubrió que una célula adulta puede recibir ciertas señales y volver a comportarse como una célula joven, casi recién nacida. A eso se le llama reprogramación celular, y hoy es de lo más caliente en los laboratorios del mundo. No se trata de reemplazar el cuerpo por partes, sino de recordarle cómo era cuando era joven.
Es prometedor y también delicado: una célula que se rejuvenece de más puede perder el rumbo y convertirse en un tumor. Por eso esta investigación avanza despacio, y está bien que así sea. Desconfíe de quien ya se lo esté vendiendo.
Medir la edad de verdad
Su cédula dice una edad; su cuerpo dice otra. Los llamados relojes epigenéticos intentan medir esa segunda edad, la biológica, leyendo unas marcas químicas que se van acumulando sobre el ADN con el paso del tiempo y del maltrato. Ya hay pruebas que se venden al público, aunque todavía no se ponen de acuerdo entre ellas y conviene tomarlas con pinzas.
Lo valioso no es el número en sí, sino lo que abre: por fin se puede medir si un cambio de vida —comer de verdad, dormir bien, moverse, tomar sol— está dando resultado por dentro, y no solo esperar a que la balanza o los años digan algo.
Ver la enfermedad antes de que dé la cara
Otra línea busca detectar los problemas años antes de que aparezca el primer síntoma. La más comentada es la biopsia líquida: una muestra de sangre en la que se buscan pedacitos de material genético que sueltan los tumores. Suena maravilloso, y puede salvar vidas.
Pero tiene su lado flaco, y hay que decirlo: encontrar algo no siempre significa que haya que tratarlo. El miedo ha llevado a mucha gente a operarse o medicarse por cosas que jamás le habrían hecho daño. Como siempre en este libro, la pregunta no es solo “¿qué me encontraron?”, sino “¿qué voy a hacer con eso, y quién gana si hago lo que me dicen?”.
Probar sin animales
Cada vez se trabaja más con organoides: pedacitos de tejido humano cultivados en el laboratorio, del tamaño de una lenteja, que se comportan como un hígado, un intestino o un cerebro en miniatura. Y con los llamados “órganos en un chip”, que conectan varios de esos tejidos para ver cómo se afectan entre sí.
Sirven para probar si algo es tóxico o útil sin envenenar animales y, además, sobre tejido humano de verdad, que al final es lo que a usted le importa. Es una de las pocas áreas donde casi todo el mundo está de acuerdo: menos crueldad y mejores respuestas al mismo tiempo.
El mundo que llevamos adentro
Buena parte de la investigación actual ya no se ocupa de nuestras células, sino de los billones de bacterias que viven en el intestino: lo que se llama la microbiota. Se está viendo que tienen que ver con la digestión, sí, pero también con las defensas, con la inflamación y hasta con el ánimo y la claridad mental. Se investigan desde el trasplante de microbiota hasta bacterias específicas cultivadas para un problema específico.
Mientras tanto, lo que ya se sabe no requiere laboratorio: esas bacterias se cuidan con comida real y fermentados, y se destruyen con azúcar, comida de fábrica y antibióticos usados a la ligera.
Luz, frecuencias y campos
Hay todo un campo estudiando lo que le hacen al cuerpo la luz y los campos electromagnéticos. La fotobiomodulación usa luz roja e infrarroja para que las células produzcan más energía; los campos electromagnéticos pulsados se estudian para el hueso, el dolor y la reparación de tejidos. Esto se cruza directamente con lo que se explica en el capítulo de sanación por energía.
Es un terreno donde conviven investigación seria y mucho charlatán con un aparato caro. La regla es la de siempre: pregunte qué se probó, en quién, y qué pasa si no funciona.
Lo que nadie está investigando (y debería)
Tan importante como saber qué se investiga es saber qué no. Todo lo que no se puede patentar queda huérfano: las sustancias conocidas de toda la vida, los minerales, las plantas, el ayuno, el sol. Existe además el reposicionamiento —tomar un medicamento viejo y barato, ya conocido y seguro, y estudiarlo para otra enfermedad—, que sería la vía más rápida y económica que hay, y justamente por barata casi nadie la financia.
El DMSO, al que este libro le dedica un capítulo entero, es el ejemplo perfecto: conocido desde hace décadas, seguro, útil para muchísimas cosas, y sin quien pague los estudios grandes porque no deja ganancia. Aquí es donde usted, informado, lleva ventaja sobre el sistema.
Cómo leer una noticia de “avance científico”
Cada semana saldrá un titular anunciando la cura de algo. Hágale cinco preguntas y se le caerá casi todo el ruido:
¿En qué se probó: en células dentro de un frasco, en ratones o en personas? La mayoría de los titulares son ratones.
¿En cuántas personas se probó, y por cuánto tiempo?
¿Quién pagó el estudio, y quién gana si sale bien?
¿Está disponible hoy, o le faltan diez años?
¿Contra qué lo compararon: contra nada, o contra lo mejor que ya existía?
En resumen
La tecnología no es buena ni mala por sí misma; depende de en manos de quién esté y para qué se use. Lo que hoy se cocina en los laboratorios puede servir para devolverle a usted el poder sobre su cuerpo, o para quitárselo del todo. Vale la pena saber qué viene, mirarlo con curiosidad y sin miedo, y también sin tragarse el cuento del milagro que siempre está a cinco años de distancia. Y de todo lo que hay aquí, siga de cerca el trasplante de mitocondrias: es lo único que ya existe, y es también lo que más lejos podría llegar.
Y mientras tanto, no se quede esperando. Lo que ya sabemos que funciona —la comida de verdad, el sol, el sueño, el agua limpia, los minerales, el movimiento y la calma— no necesita permiso de ningún laboratorio ni la aprobación de nadie. Esa sigue siendo la tecnología más avanzada que existe, y usted ya la tiene en sus manos.